Editorial publicada en el número 95 de Tradebike.
Por enésima vez, la evidencia científica nos vuelve a decir lo mismo: la bicicleta de montaña no es el enemigo de los senderos. Un nuevo estudio realizado en el Geoparque Sobrarbe-Pirineos por entidades de prestigio como el CSIC y la Universidad de Lleida confirma que el impacto del ciclismo en los caminos es mínimo y comparable al de los senderistas. Entonces, ¿por qué seguimos añadiendo restricciones y señalándonos como los grandes destructores del entorno natural?
El informe concluye que el uso habitual de la bicicleta no genera una erosión significativa, salvo en puntos muy concretos con condiciones extremas, como curvas cerradas o pendientes pronunciadas. Sí, las competiciones pueden dejar más huella en zonas puntuales, pero su efecto global sigue siendo reducido. Y cuando se compara con el impacto de otros factores como la lluvia, la escorrentía o el paso de caballos y ganado, el ciclismo queda muy lejos de ser una amenaza real para el suelo.
A pesar de las evidencias presentadas por estudios como este (no es el único, ya acumulamos muchos), el ciclista de montaña sigue siendo tratado como un problema. En muchas regiones, se nos imponen restricciones desproporcionadas mientras se permite el acceso a actividades con un impacto mucho mayor.
El problema no es nuevo. Durante años, hemos visto cómo normativas mal informadas han limitado el acceso a los senderos bajo el argumento de la ‘protección ambiental’, cuando en realidad el impacto del ciclismo es mínimo. Mientras tanto, el ganado sigue compactando el suelo, los caballos erosionan los caminos con su peso, la gestión forestal arrasa con el sotobosque, y las lluvias se llevan toneladas de tierra sin que nadie hable de restricciones para la meteorología. Oigan, deberíamos prohibir la lluvia en los senderos, ¿no?
La cuestión de fondo no es ecológica, sino cultural. En muchos casos, el ciclista de montaña es percibido como un intruso, alguien que “invade” un espacio que ciertos sectores consideran de su exclusividad. Este tipo de sesgo lleva a regulaciones injustas y alimenta la falsa imagen del ciclista como una amenaza, en lugar de reconocerlo como un usuario más del entorno natural.
Como si fueran setas, van apareciendo más y más carteles que prohíben las bicis, creando un imaginario colectivo que sitúa el MTB en un marco criminal. Si habéis hecho mountainbike recientemente, y habéis entrado en senderos, es muy probable que alguien con ínfulas de justiciero os haya querido parar y explicar que las bicis destruyen la montaña entera. Aunque sea difícil razonar con ellos, cada vez tenemos más argumentos para seguir defendiendo el MTB.
El estudio del Geoparque Sobrarbe-Pirineos es una herramienta clave para desmontar los mitos que aún persisten sobre el impacto del ciclismo en la naturaleza. No es el primer informe que llega a esta conclusión, ni será el último. La pregunta es: ¿cuántas pruebas más hacen falta para que las administraciones empiecen a legislar con criterio y no con miedo?
Hace poco, estuve hablando con un grupo de trailbuilders de las Azores mientras cuidaban un circuito en la isla de Sao Miguel. Comentaban que tenían que reparar continuamente el sendero debido al tipo de terreno, con mucho barro y que las lluvias, muy constantes allí, afectaban el camino. Las bicicletas no eran problema alguno.
El ciclismo de montaña es una actividad sostenible, que fomenta el contacto con la naturaleza y el respeto por el medio ambiente. No pedimos barra libre, sino normas justas, equilibradas y basadas en datos. Ya es hora de que dejemos de ser los chivos expiatorios de una falsa narrativa ambiental. Las decisiones de gestión del territorio deben basarse en estudios científicos y no en prejuicios infundados.
Albert Puyuelo, redactor jefe de Tradebike.
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